top of page

¿Y si les quitamos el celular a los universitarios? ¿Quién se atreve a decirles que no?

  • hace 3 horas
  • 6 min de lectura

Universidades en el dilema, entre educar y conservar la matrícula.


México discute si debe limitarse el uso de celulares en las escuelas. Pero quizá estamos mirando solamente una parte del problema: mientras se intenta controlar el dispositivo, algunas universidades parecen estar olvidando que educar también significa poner límites, exigir y formar hábitos.


Puebla, Ciudad Universitaria de México. México está viviendo un debate que hace algunos años habría parecido difícil de imaginar: ¿debemos prohibir o restringir los teléfonos celulares dentro de las escuelas?




El tema ya dejó de ser una discusión aislada entre padres de familia y profesores. El Gobierno federal abrió una consulta nacional sobre el uso de dispositivos digitales entre niñas, niños y adolescentes y ha señalado que 16 estados ya cuentan con restricciones o prohibiciones para el uso de celulares en escuelas de educación básica.


La discusión tiene razones de peso.


El teléfono dejó de ser solamente una herramienta de comunicación. Para millones de jóvenes es entretenimiento, cámara, agenda, televisión, red social, espacio de convivencia y fuente permanente de estímulos.


Y los propios adolescentes empiezan a reconocerlo.


Una encuesta de Pew Research Center encontró que 45% de los adolescentes dice pasar demasiado tiempo en redes sociales, un aumento considerable respecto de años anteriores; además, 44% afirma haber intentado reducir su uso de redes y una proporción similar dice haber intentado reducir el uso de su smartphone.


No estamos hablando, por lo tanto, solamente de adultos que consideran que los jóvenes utilizan demasiado el celular.


Los propios jóvenes comienzan a reconocer que tienen dificultades para regularlo.


El problema del celular llega al salón de clases


El contenido breve, la comunicación permanente, las notificaciones y el desplazamiento interminable por redes sociales han creado un entorno donde la espera resulta cada vez menos necesaria y donde siempre existe un nuevo estímulo disponible.


No significa que todos los jóvenes hayan perdido su capacidad de concentración ni que las redes sociales tengan únicamente efectos negativos. La evidencia es mucho más compleja.


Pero sí existen señales de un cambio en los hábitos.


Investigaciones sobre adolescentes y smartphones han encontrado dificultades para regular su utilización y para compatibilizarla con los estudios.


Entonces aparece una pregunta que debería ocupar un lugar central en la educación:


¿Qué está haciendo la universidad para enseñar a sus estudiantes a administrar su atención?


Porque retirar el celular puede ser una solución inmediata.


Pero formar al estudiante para que sepa cuándo debe utilizarlo y cuándo debe guardarlo es una solución educativa.


Y aquí es donde la responsabilidad de las universidades se vuelve fundamental.



El estudiante cambió. ¿También cambió la universidad?


Durante décadas, la universidad fue un espacio en el que se esperaba que el estudiante se adaptara a determinadas reglas.

Había que asistir.

Había que leer.

Había que entregar trabajos.

Había que escuchar.

Había que estudiar.

Había que aceptar que algunas materias serían difíciles.

Y, sobre todo, había que entender que aprender no siempre es cómodo.


Hoy la relación entre universidad y estudiante se encuentra bajo nuevas presiones.


"La competencia por matrícula, la necesidad de disminuir la deserción y la importancia creciente de la satisfacción estudiantil han hecho que la experiencia del alumno tenga un peso cada vez mayor en las decisiones institucionales".


Esto no es necesariamente malo.


Una universidad debe preocuparse por sus estudiantes. Debe detectar por qué abandonan, ofrecer tutorías, apoyos económicos, acompañamiento académico y condiciones que favorezcan su permanencia.


De hecho, investigaciones realizadas en México han estudiado precisamente las estrategias institucionales de retención y permanencia. En un estudio realizado en una universidad pública estatal de Sonora, los estudiantes valoraron especialmente estrategias relacionadas con becas y tutoría académica.


El problema aparece cuando una pregunta legítima —“¿cómo hacemos para que nuestros estudiantes permanezcan?”— comienza a desplazar otra que debería ser todavía más importante:


“¿Qué necesitan aprender nuestros estudiantes, aunque no siempre quieran hacerlo?”


Cuando el estudiante se convierte en cliente


Desde hace años existe en la investigación sobre educación superior el debate alrededor del concepto de “student as customer”, es decir, el estudiante entendido como cliente.


Un trabajo de David George publicado en The Journal of Socio-Economics advertía que aplicar excesivamente el modelo de mercado a la universidad podía modificar la relación entre profesores y estudiantes y poner en riesgo la participación activa del alumno en su propio aprendizaje.


Una revisión publicada en 2025 muestra que el debate continúa vigente: existen posiciones que consideran incompatible tratar al estudiante como cliente dentro de las actividades académicas, mientras otras defienden que determinadas herramientas de orientación al cliente pueden mejorar los servicios universitarios.


El problema, entonces, no es preocuparse por el estudiante.


El problema es confundir satisfacción con aprendizaje.


Un estudiante satisfecho no necesariamente es un estudiante que está aprendiendo.

Y un profesor exigente no necesariamente es un mal profesor.


¿Qué ocurre cuando el profesor tiene que cuidar al estudiante?


Aquí aparece una transformación silenciosa.

Al docente universitario se le pide cada vez más que sea profesor, tutor, orientador, acompañante, facilitador y creador de experiencias.

Tiene que conseguir que el alumno aprenda, pero también que permanezca.

Tiene que exigir, pero sin generar demasiado conflicto.

Tiene que evaluar, pero también cuidar la experiencia del estudiante.

Y aquí aparece una contradicción.


¿Qué ocurre cuando lo que el estudiante necesita para aprender es precisamente aquello que no quiere hacer?

¿Qué pasa cuando necesita que le digan que deje el celular?

¿Qué pasa cuando necesita leer aunque prefiera un video?

¿Qué pasa cuando necesita repetir un ejercicio?

¿Qué pasa cuando necesita una calificación baja porque todavía no domina una competencia?

¿Qué pasa cuando necesita escuchar un “no”?

La educación no siempre coincide con lo que el estudiante quiere.

Y ese principio no debería desaparecer de la universidad.


El celular es solamente el síntoma


Por eso sería un error convertir esta discusión en una guerra contra los teléfonos.

El celular puede ser una herramienta académica extraordinaria. Puede servir para consultar información, acceder a bibliotecas, utilizar aplicaciones educativas, comunicarse y resolver problemas.


El problema comienza cuando la herramienta termina controlando al usuario.


Y ahí la universidad tiene una responsabilidad que no puede delegar en los padres, en el Gobierno ni en el propio estudiante.


Tiene que enseñar autorregulación.


Si un joven no puede permanecer una hora sin revisar su teléfono, la solución educativa no debería limitarse a quitarle el teléfono.


La pregunta debería ser:

¿Cómo desarrollamos nuevamente su capacidad de concentración?


México puede estar discutiendo el problema equivocado


La discusión nacional sobre los celulares es necesaria.

Pero sería un error pensar que la solución consiste simplemente en sacar los teléfonos de las escuelas.

El verdadero desafío es mucho mayor.

Tenemos una generación que creció conectada permanentemente y que llega a las aulas con hábitos de atención diferentes.

Y frente a eso podemos elegir dos caminos.

El primero es adaptar la educación hasta hacerla compatible con todos los hábitos del estudiante.

El segundo es utilizar la educación para desarrollar aquellos hábitos que el estudiante necesita, aunque el entorno digital no los favorezca.

La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

Porque si la universidad termina diciendo:


“No le exijamos demasiado para que no se vaya”.
“No le quitemos el celular para que no se moleste”.

“No seamos demasiado estrictos para que evalúe bien al profesor”.
“No hagamos complicada la materia porque necesitamos conservar al estudiante”.

Entonces quizá estemos resolviendo un problema administrativo mientras creamos uno educativo mucho más grave.


La universidad no está para complacer al estudiante


Está para formarlo.

Eso significa acompañarlo, escucharlo, entender sus nuevas necesidades y adaptarse cuando sea necesario.

Pero también significa poner límites.

Significa enseñar disciplina.

Significa defender la atención.

Significa exigir lectura, pensamiento, análisis y esfuerzo.

Significa que un profesor pueda decir:

“Guarda el celular. Durante esta hora, tu atención es parte de la clase”.

Sin miedo a convertirse en el profesor “malo”.


Porque si las universidades comienzan a medir su éxito principalmente por cuántos estudiantes conservan y qué tan satisfechos están, corremos el riesgo de olvidar una pregunta mucho más importante:


¿Cuánto están aprendiendo?


El debate sobre el celular debería servir para algo más que decidir dónde se guarda el teléfono durante una clase.


Debería obligarnos a discutir qué tipo de estudiante estamos formando y qué tipo de universidad queremos construir.


Porque quizá el verdadero problema no sea que los jóvenes tengan demasiado poder.


Quizá el problema sea que algunas instituciones están renunciando voluntariamente al poder de exigir, de formar y de decir que no cuando hacerlo es necesario para educar.



Comentarios


bottom of page