El examen de la UNAM y el examen que México aún no aprueba
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México frente al desafío de su transformación digital
Puebla, Ciudad Universitaria de México. Desde hace muchos años hemos entendido que las universidades representan las diferentes realidades de la sociedad. En ellas convergen historias, contextos económicos, capacidades, oportunidades y desigualdades. Ninguna institución refleja mejor esa diversidad que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la universidad más grande del país y una de las más importantes de América Latina.

Cada año, cientos de miles de jóvenes de todos los rincones de México participan en su proceso de admisión. Ahí coinciden estudiantes que crecieron en las grandes ciudades con acceso a internet de alta velocidad y equipos de última generación, pero también jóvenes provenientes de comunidades donde la conectividad sigue siendo un desafío cotidiano. Esa diversidad convierte a la UNAM en mucho más que una institución educativa: la convierte en un espejo del país.
Por eso, la discusión que hoy gira en torno a su examen de admisión en línea merece una reflexión más profunda que la simple pregunta de si hubo o no irregularidades. Ese debate corresponde a la universidad y a sus mecanismos institucionales. Lo verdaderamente interesante es lo que este episodio revela sobre el momento que vive México.
Estamos atravesando una acelerada transformación digital.
En los últimos años hemos visto cómo procesos que durante décadas realizábamos de manera presencial han migrado, poco a poco, al entorno digital. Hoy compramos boletos de autobús que ya no siempre se imprimen; muchas empresas prefieren enviarlos directamente al teléfono celular. Cada vez más pagos se realizan con tarjetas o aplicaciones móviles. Los trámites gubernamentales avanzan hacia plataformas digitales y, en distintos sectores, el papel comienza a desaparecer como parte de la vida cotidiana.
A primera vista, estos cambios parecen representar únicamente progreso. Y, en buena medida, lo son. La digitalización simplifica procesos, reduce tiempos y abre oportunidades que hace apenas algunos años parecían impensables.
Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿todos los mexicanos estamos avanzando al mismo ritmo hacia esa nueva realidad?
La respuesta, probablemente, es no.
Todavía existen miles de personas que no cuentan con un teléfono inteligente con las capacidades suficientes para realizar ciertos procesos. Otras dependen de equipos compartidos en casa. Muchas personas adultas mayores aún enfrentan dificultades para utilizar aplicaciones móviles, mientras que en numerosas comunidades del país la conectividad sigue siendo limitada o inestable.
La brecha digital ya no consiste únicamente en tener o no acceso a internet. También implica contar con dispositivos adecuados, conexiones estables, habilidades tecnológicas, espacios apropiados para trabajar o estudiar y condiciones económicas para mantenerse conectado.
En Puebla conocemos bien esa realidad.
Del 2020 a 2024, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla comenzó a implementar su proceso de admisión de forma digital pero presencial, en sedes asignadas por la institución, usando computadoras de la universidad. 2025 y 2026 la prueba cambió a la modalidad en línea desde casa, utilizando herramientas tecnológicas de monitoreo remoto. La experiencia, relatada por los aspirantes y observada por especialistas, dejó claro que el reto va mucho más allá de diseñar una plataforma tecnológica. Muchos postulantes no disponían de computadoras con las características técnicas necesarias para ejecutar los programas de supervisión; otros enfrentaban problemas de conexión o vivían en zonas donde la señal de internet simplemente no ofrecía la estabilidad suficiente para un examen de alto impacto. De manera interna en la institución, se cuentan otras complejidades durante el proceso, solo que esas nunca serán oficiales.
La pandemia hizo aún más evidente esa realidad.
Como docentes, tuvimos la oportunidad de impartir clases durante ese periodo y conocimos historias que difícilmente se olvidan. Mientras algunos estudiantes podían conectarse desde casa con relativa facilidad, otros tenían que caminar o subir a los cerros de sus comunidades únicamente para encontrar una señal que les permitiera enviar una tarea, asistir a una clase virtual o presentar una evaluación.
Aquellas imágenes nos recordaron que México no vive una sola realidad tecnológica, sino muchas.
Quizá por eso el caso de la UNAM debería invitarnos a reflexionar sobre algo mucho más amplio que un examen de admisión.
Estamos construyendo instituciones y procesos digitales en un país donde las condiciones para vivir plenamente esa digitalización siguen siendo profundamente desiguales.
Al mismo tiempo, ocurre otro fenómeno igual de interesante. Los jóvenes avanzan en el dominio de las nuevas tecnologías a una velocidad que muchas instituciones apenas comienzan a comprender. La inteligencia artificial, las plataformas colaborativas y las herramientas digitales forman parte de su vida cotidiana. No porque necesariamente busquen utilizarlas de manera incorrecta, sino porque pertenecen a una generación que aprende, experimenta e interactúa con la tecnología de manera natural.
Eso obliga también a replantear nuestros modelos de evaluación.
En distintas partes del mundo, algunas universidades e instituciones educativas han comenzado a recuperar evaluaciones presenciales o escritas a mano, no como un rechazo a la tecnología, sino como parte de una búsqueda por encontrar nuevos equilibrios en una época marcada por la inteligencia artificial. No se trata de regresar al pasado, sino de reconocer que la innovación también implica cuestionar qué procesos deben permanecer digitales, cuáles requieren esquemas híbridos y cuáles necesitan conservar la presencialidad para garantizar confianza y equidad.
Tal vez ese sea el verdadero aprendizaje que deja esta discusión.
La transformación digital de un país no debería medirse por la cantidad de trámites que se realizan desde una aplicación o por el número de procesos que eliminan el papel. Debería medirse por la capacidad de toda la sociedad para participar en esa nueva realidad en igualdad de condiciones.
Porque digitalizar no significa únicamente cambiar una ventanilla por una plataforma o un examen impreso por uno en línea.
Digitalizar también implica garantizar conectividad, infraestructura, alfabetización tecnológica, acceso a dispositivos y condiciones mínimas para que nadie quede excluido del nuevo modelo.
El examen de la UNAM, en realidad, no es el centro de esta conversación pero el reflejo de una pregunta mucho más grande: ¿México está construyendo una transformación digital centrada en la tecnología o una transformación digital centrada en las personas?
La respuesta a esa pregunta probablemente definirá no solo el futuro de nuestros procesos de admisión, sino también la forma en que construiremos el país de las próximas décadas.






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