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Empresas y universidades: mucha vinculación, ¿pero poca conexión?

  • hace 2 minutos
  • 5 min de lectura

El sector empresarial tiene hoy una presencia cada vez mayor dentro de las universidades. Sin embargo, persiste una paradoja: mientras empresarios participan en consejos, conferencias, encuentros y actividades académicas, continúa el discurso de que los jóvenes llegan poco preparados al mundo laboral. Quizá ha llegado el momento de evaluar no solamente qué están haciendo las universidades para acercarse a las empresas, sino también qué están aportando realmente las empresas a la formación universitaria.


Puebla, Ciudad Universitaria de México. Durante los últimos años, la relación entre universidades y sector empresarial se ha vuelto mucho más visible.


Master class, conferencias, encuentros de networking, días de emprendimiento, capacitaciones, ferias de empleo, eventos especiales, visitas empresariales, convenios de colaboración y consejos consultivos empresariales forman ya parte de la agenda habitual de muchas instituciones de educación superior.



En principio, se trata de una buena noticia.


Las universidades necesitan mantener contacto permanente con el entorno productivo. Difícilmente pueden formar profesionistas para una realidad laboral que desconocen.

Sin embargo, existe una contradicción que vale la pena poner sobre la mesa.


A pesar de que los empresarios tienen cada vez más espacios dentro de las universidades, el discurso empresarial sobre los jóvenes parece cambiar muy poco: los egresados no llegan suficientemente preparados, desconocen la realidad de las empresas, carecen de determinadas habilidades o necesitan desarrollar competencias que el mercado laboral demanda.


La pregunta entonces resulta inevitable:


Si el sector empresarial participa cada vez más dentro de las universidades, ¿por qué continúa percibiendo una distancia tan grande entre las aulas y las empresas?


La vinculación también debe evaluarse


Durante mucho tiempo, buena parte de la discusión se ha concentrado en cuestionar a las universidades.


¿Qué están enseñando? ¿Sus planes de estudio están actualizados? ¿Preparan adecuadamente a sus estudiantes? ¿Conocen las necesidades del mercado laboral?


Son preguntas necesarias.


Pero quizá falta incorporar otras:


¿Qué tan efectiva es la participación de los empresarios dentro de las universidades? ¿Qué conocimiento están transfiriendo? ¿Qué experiencias están generando? ¿Y qué responsabilidad están dispuestos a asumir en la formación del talento que posteriormente esperan contratar?


Porque participar en una universidad no necesariamente significa vincularse con ella.

Dar una conferencia puede ser valioso. Asistir a un desayuno puede generar contactos. Formar parte de un consejo consultivo puede abrir conversaciones importantes.


Pero ninguna de estas acciones garantiza, por sí misma, que exista una verdadera conexión entre estudiantes y empresas.


Incluso podemos caer en una dinámica donde universidad y sector empresarial construyen una intensa agenda institucional sin que necesariamente cambie la experiencia formativa del alumno.


Y ahí está uno de los principales riesgos.


Cuando la vinculación se queda entre directivos


Existe otra práctica que las propias universidades necesitan revisar: confundir relaciones empresariales con vinculación empresarial.


Tener fotografías de rectores, directores y empresarios reunidos alrededor de una mesa puede comunicar una buena relación institucional, pero el indicador verdaderamente importante debería encontrarse en otro lugar:


¿qué cambió para el estudiante después de esa reunión?


Si se firmó un convenio, ¿cuántos alumnos se beneficiaron?

Si existe un consejo empresarial, ¿qué recomendaciones produjo y cuáles llegaron a las aulas?

Si hubo una reunión con empresarios, ¿se generaron prácticas profesionales, proyectos, mentorías, casos de estudio, oportunidades laborales o experiencias de aprendizaje?

Si una empresa identifica deficiencias recurrentes entre los jóvenes que contrata, ¿esa información está llegando de manera estructurada a la universidad?

El reto es pasar de una vinculación institucional a una vinculación formativa.


Tampoco todos los universitarios necesitan lo mismo


Aquí aparece un elemento que pocas veces se considera: cada universidad tiene una realidad diferente.


No es lo mismo diseñar una estrategia empresarial para una institución donde una parte importante de los estudiantes pertenece a familias empresarias, que hacerlo para una universidad cuyos alumnos trabajan mientras estudian.


Tampoco puede ser idéntica la estrategia para jóvenes que buscan incorporarse a grandes corporativos que para estudiantes cuyo entorno laboral inmediato está formado principalmente por pequeñas y medianas empresas.


Hay alumnos que necesitan construir una red de contactos.

Otros necesitan conseguir su primera experiencia laboral.

Algunos requieren desarrollar habilidades de comunicación profesional.

Otros necesitan entender cómo funciona una empresa desde adentro.

También están quienes buscan emprender, quienes continuarán un negocio familiar y quienes probablemente crearán su propio empleo.

Por eso, la vinculación empresarial no debería construirse únicamente a partir de la agenda de los empresarios disponibles, sino de las necesidades reales de la matrícula de cada institución.


De los eventos a una metodología


Quizá el siguiente paso en la relación universidad-empresa sea dejar de medir la vinculación por el número de actividades realizadas y comenzar a medirla por los resultados obtenidos.


Una universidad podría comenzar preguntándose quiénes son sus estudiantes, dónde trabajan, qué sectores económicos los están contratando, qué habilidades les están demandando, cuáles son sus principales dificultades para conseguir empleo y qué tipo de empresas existen alrededor de su comunidad.


A partir de ese diagnóstico, la participación empresarial podría adquirir otro sentido.

Un empresario ya no sería invitado simplemente para "dar una conferencia", sino para resolver una necesidad previamente identificada.


Un consejo empresarial podría analizar periódicamente las brechas detectadas entre estudiantes, egresados y empleadores.


Las empresas podrían proporcionar casos reales para trabajar dentro de determinadas asignaturas.


Los estudiantes podrían resolver problemas concretos de organizaciones locales.

Los empresarios podrían convertirse en mentores de proyectos durante varios meses y no solamente en conferencistas durante una hora.

Y las prácticas profesionales podrían dejar de ser únicamente un requisito administrativo para convertirse en verdaderas experiencias de aprendizaje.

Eso implicaría pasar del evento empresarial al modelo de vinculación.


Las empresas también tienen algo que aportar


El sector empresarial tiene derecho a exigir mejores profesionistas. Finalmente, las empresas conocen de primera mano muchas de las transformaciones que están ocurriendo en el mercado laboral.


Pero precisamente por eso su participación puede ir mucho más lejos.

Si constantemente señalan que existen habilidades que los jóvenes no están desarrollando, pueden ayudar a construir mecanismos para desarrollarlas.


Si consideran que existe una distancia entre la teoría y la práctica, pueden abrir problemas reales de sus organizaciones para que los estudiantes trabajen sobre ellos.


Si necesitan determinados perfiles profesionales, pueden comunicar con mayor precisión qué competencias están buscando.


Y si encuentran jóvenes con potencial pero todavía sin experiencia, pueden participar también en su proceso de formación.


No se trata de trasladar a las empresas la responsabilidad educativa de las universidades. Tampoco de convertir a las universidades en centros de capacitación para satisfacer exclusivamente las necesidades del mercado.


Se trata de reconocer que, cuando ambos sectores deciden trabajar juntos, la responsabilidad también debe ser compartida.


Menos fotografías, más resultados


La relación entre universidades y empresas es probablemente una de las alianzas más importantes para el futuro de la educación superior.


Pero para fortalecerla necesitamos superar algunos indicadores superficiales.

No basta contar convenios firmados, empresarios invitados, desayunos realizados, conferencias impartidas o fotografías publicadas.


Tal vez deberíamos comenzar a preguntar cuántos estudiantes consiguieron su primera experiencia profesional; cuántos participaron en proyectos empresariales reales; cuántos recibieron mentoría; cuántas empresas retroalimentaron formalmente los programas de formación; cuántos problemas reales fueron llevados al aula y cuántas oportunidades surgieron de esas relaciones.


Porque existe una pregunta que tanto universidades como empresarios deberían hacerse después de cada convenio, consejo, encuentro o evento:


¿Qué recibió el estudiante que antes no tenía?


Si la respuesta no está clara, quizá todavía estamos construyendo relaciones públicas entre universidades y empresas.


No necesariamente vinculación.

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