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De la feria universitaria a la primera factura: el compromiso que nos falta con los jóvenes emprendedores

hace 7 horas
5 min de lectura

El verdadero respaldo empresarial comienza cuando las ideas de los universitarios encuentran una oportunidad para demostrar su valor fuera del salón de clases.


Por Roberto Esquivel Ruiseco. Empresario y presidente de la Red Nacional México Emprende, Capítulo Puebla.


Puebla, Ciudad Universitaria de México. Hay una escena que suele repetirse en las universidades: estudiantes que durante meses desarrollan un proyecto, investigan, construyen un modelo de negocio y finalmente lo presentan frente a profesores, empresarios e invitados especiales. Reciben felicitaciones, algunos reconocimientos y, por supuesto, la fotografía del recuerdo.


Después viene la pregunta que pocas veces hacemos: ¿qué sucede con ese proyecto cuando termina el evento?


Roberto Esquivel Ruiseco

Algunos jóvenes continúan intentando convertirlo en una empresa. Otros lo abandonan por falta de recursos, orientación o contactos. Y habrá quienes descubran que su propuesta, por interesante que resulte académicamente, todavía no tiene un mercado dispuesto a pagar por ella.


Esto último también es parte del aprendizaje. El problema aparece cuando nunca les damos la oportunidad de comprobarlo.


Durante años hemos insistido en la importancia de fomentar una cultura emprendedora entre los universitarios. Sin embargo, desde el sector empresarial debemos reconocer algo: no basta con pedirles que innoven si nosotros no estamos dispuestos a abrirles espacios para experimentar, equivocarse, corregir y crecer.


Una universidad puede proporcionar conocimientos, metodologías de investigación y herramientas para desarrollar una propuesta. Pero existe una parte de la formación empresarial que difícilmente se aprende únicamente en un salón: negociar con un cliente, establecer precios, administrar recursos limitados, responder ante un incumplimiento o descubrir que una buena idea no necesariamente representa un buen negocio.

Ahí comienza nuestra responsabilidad como empresarios.


El respaldo empresarial no siempre requiere dinero


Cuando hablamos de apoyar a jóvenes emprendedores, inmediatamente pensamos en financiamiento, inversionistas o capital semilla. Son herramientas importantes, pero no necesariamente las primeras que necesita alguien que intenta construir una empresa.

En muchas ocasiones, el apoyo más valioso consiste en algo aparentemente sencillo: permitirle conocer de cerca cómo funciona un negocio real.


Imaginemos a un estudiante de ingeniería que desarrolla una solución para reducir desperdicios. Su proyecto puede tener fundamentos técnicos impecables, pero necesita una empresa dispuesta a probarlo en condiciones reales.


Pensemos también en una estudiante de mercadotecnia que propone una estrategia comercial para pequeños establecimientos. Antes de buscar inversionistas, probablemente necesita demostrar que su metodología consigue clientes y genera resultados medibles.

En ambos casos, el empresario puede aportar experiencia, instalaciones, información, acompañamiento y oportunidades comerciales. No necesariamente tiene que convertirse en socio o inversionista.


Incluso una empresa pequeña puede participar. La vinculación no debería reservarse para las grandes corporaciones ni para proyectos tecnológicos de alto presupuesto.


De acuerdo con los Censos Económicos 2024 del INEGI, las microempresas representaban el 95.4% de las unidades económicas del sector privado y empresas paraestatales en 2023. Esa realidad obliga a mirar el emprendimiento desde una perspectiva mucho más amplia.


México necesita innovación tecnológica, desde luego, pero también necesita mejores comercios, servicios más eficientes, empresas familiares profesionalizadas y negocios capaces de crecer sin depender permanentemente de sus fundadores.


La universidad y la empresa todavía tienen conversaciones pendientes


Desde mi perspectiva, uno de los principales desafíos no es la ausencia de talento universitario, sino la distancia que todavía existe entre determinadas actividades académicas y las necesidades cotidianas del sector productivo.


La OCDE, en su Estudio Económico sobre México 2026, señaló que la colaboración entre instituciones de educación superior y empresas para diseñar programas de competencias digitales sigue siendo limitada, aunque reconoció experiencias positivas en estados como Puebla.


Esto demuestra que hay avances, pero también que tenemos espacio para construir relaciones más profundas.


No se trata de que las universidades adapten toda su enseñanza a los intereses inmediatos de las empresas. La educación superior debe conservar su compromiso con la investigación, el pensamiento crítico y la generación de conocimiento.


Tampoco debemos pretender que cada estudiante se convierta en empresario. Emprender es una posibilidad profesional legítima, no una obligación para quien obtiene un título universitario.

Lo que sí necesitamos es que aquellos jóvenes que decidan recorrer ese camino encuentren condiciones más favorables para intentarlo.


Por eso considero que debemos revisar la manera en que construimos nuestros convenios de colaboración.


Firmar documentos, organizar conferencias y participar en ceremonias institucionales puede ser útil para iniciar una relación, pero no debería convertirse en el principal resultado de la vinculación.


Un convenio adquiere verdadero sentido cuando permite que un estudiante pruebe su producto, que un profesor desarrolle una investigación aplicada junto con una empresa o que un emprendimiento universitario consiga su primer cliente.


La vinculación debe medirse por las oportunidades que genera, no por las fotografías que produce.


Del discurso a los compromisos


Propongo comenzar con un ejercicio concreto: que las empresas interesadas en apoyar el emprendimiento universitario abran periódicamente espacios para trabajar con proyectos estudiantiles durante tres meses.


No hablo de simulaciones empresariales, sino de desafíos reales, con responsables identificados, objetivos definidos y una evaluación al finalizar el periodo.


Un restaurante podría colaborar con estudiantes para reducir costos operativos; una empresa de servicios podría probar una herramienta digital diseñada en una universidad; una organización comercial podría convertirse en el primer cliente de un emprendimiento que ya cuenta con un producto viable.


Todo ello debe desarrollarse mediante acuerdos claros, respetando la propiedad intelectual de los estudiantes, su formación académica y una compensación justa cuando exista trabajo productivo.


Al término de cada experiencia sería posible evaluar resultados: ahorros obtenidos, ventas concretadas, mejoras implementadas, satisfacción del cliente y viabilidad del modelo de negocio.


Incluso descubrir a tiempo que un proyecto no es comercialmente viable representaría un resultado educativo importante. En el mundo empresarial, aprender a descartar una mala inversión también es una competencia valiosa.


Este tipo de colaboración beneficiaría igualmente a las empresas. Trabajar con estudiantes nos permitiría cuestionar prácticas que hemos normalizado, incorporar conocimientos recientes y descubrir soluciones que quizá no habíamos considerado.


Puebla tiene una oportunidad que no debería desperdiciar



Esa combinación representa una oportunidad para convertir la vinculación académica en una herramienta de desarrollo económico regional.


Pero debemos abandonar la idea de que apoyar al emprendimiento consiste únicamente en invitar a los jóvenes a escuchar historias de éxito.


Los estudiantes también necesitan conocer nuestras equivocaciones, decisiones difíciles, problemas financieros y experiencias que rara vez aparecen en una conferencia.


Necesitan empresarios dispuestos a compartir conocimiento sin buscar protagonismo y universidades que acompañen el desarrollo de proyectos más allá de una calificación semestral.


A quienes participamos en el sector empresarial nos corresponde asumir un compromiso mucho más práctico: abrir puertas, compartir experiencia, ofrecer oportunidades y reconocer el talento por sus capacidades, no por los contactos que tenga.


Porque el emprendimiento universitario no debería terminar cuando un estudiante entrega su proyecto final.


En algunos casos, ese momento tendría que ser precisamente el comienzo.

Si queremos que las nuevas generaciones construyan empresas capaces de transformar nuestra economía, debemos dejar de ser únicamente espectadores de sus ideas y comenzar a participar en su desarrollo.


Después de todo, una de las mejores lecciones de negocios que podemos ofrecerle a un universitario no está en una conferencia ni en un libro de texto.


Está en la oportunidad de conseguir su primer cliente.

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